ESCRITO EN LA ARENA

Pensamientos, ideas, palabras que engulle la arena en el mismo instante en que se han escrito

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Desde Macondo. ADEU


No me voy a ninguna parte. Ni tampoco es que me haya dado por hablar catalán. Ni en la intimidad ni en público. El que se va es el año en que vivimos peligrosamente en el extremo Este de España, y tuvimos que utilizar, sí o sí, una lengua a la que le faltan las "e" del final, de las palabras, que se acentúan de forma diferente o que se acortan (procés) sin venir a cuento. Por no hablar de las que cambian la ortografía, tipo "govern", que más de un día me he sorprendido poniendo gobierno con uve.

          Pues adeu, fins sempre o tanta pau portis com a descans deixes (tanta paz lleves como descanso dejas, que se dice mucho en mi pueblo). A punto de fenecer de sobredosis de catalán, cuando ya me sé El Segadors de la primera a la última nota, y me he atiborrado de noticias de uno al otro confín de Cataluña, he decidido dar carpetazo a palabras extrañas y expresarme en manchego de toda la vida, aunque suene menos fino y no esté de moda.

          Y para cambiar, incluso puedo colar alguna expresión que otra de mi tierra de adopción, que el talaverano-extremeño también tiene cosas curiosas.

          Se acabó el  cava y el pa-tomaca, y el espetec y los calçons. Donde estén unas buenas gachas, hechas con harina de guijas (que no de titos o almortas), o un asadillo, o un tiznao... «Muchismo» mejor, dónde va a parar. Para los «galgos», golosos en mi tierra, naranjos y enaceitaos; nada de monas, que suena a circo. Claro, que siempre quedan los combros de Talavera, que se llamaban así antes de que nadie supiera que eran churros, y que saben tan bien cuando una está "arrecía" de frío.

          Pues eso, que adeu.  Que hay vida más allá de las cuatro provincias catalanas. Que la gente tiene frío, pasa apuros, se preocupa, tiembla ante el futuro, piensa en sus pensiones y en cómo llenar la olla con la hucha vacía. Hasta tiene tiempo de echar una lágrima por los pobres refugiados que se lanzan al tenebroso mar buscando un paraíso que casi siempre se convierte en infierno.

          Adeu, que reconociendo la importancia del procés y todo lo que lo ha rodeado, las cosas tienen un límite, y la vida, muchas más cosas. En todas las lenguas.  Con todas las letras. Que lo acaecido en uno de los cuatro puntos cardinales de esta España nuestra, no puede ser excusa para olvidar lo que ocurre en los otros tres y en lo que hay en medio, o al otro lado de los mares. Que hay que resucitar lo que pasa en otos puntos del país y del mundo. Lo que nos pasa a los demás.

          Que las palabras sólo mueren cuando alguien ya no las pronuncia nunca más, y son muchos los que hablan catalán y pocos los que echan mano de términos como «pasante» o «licenciao» por decir curioso o cotilla; de «bacín» para referirse al apocado correveidile; de «agonías» para el tacaño y quejica; de «costalá» para la caída aparatosa que siempre saca una sonrisa; de «mandaos» para los recados y quehaceres diarios». Y todos esos también importa. También son españoles, españoles, españoles. Por aquello de la canción de moda.

          Diréis que vaya ocurrencias que tengo. Pues eso son «sacaos». Y si los dice un niño, es un «reviejo». Dicho todo esto, Felices Pascuas. Vale, y Bon Nadal. 

miércoles, 6 de diciembre de 2017

Desde Macondo. VIVIR ERA ESTO

Hoy quiero hablar de mi libro. Sin más. Porque es mi cumpleaños, porque han pasado otros doce meses y sigo aquí, y porque, aunque tarde, que soy lenta de reflejos, me he dado cuenta de que vivir era esto. Creo que era Johnn Lennon quien inmortalizó eso de que "La vida es aquello que te pasa mientras estas ocupado haciendo otros planes". Lo suscribo de principio a fin, y sólo espero, con planes o sin ellos, que la vida siga pasando de la mejor manera para todos.
        Hace mucho tiempo (últimamente, todo pasó hace mucho tiempo), escribí por encargo un artículo sobre una persona, a la que me refería, robando la definición a Don Antonio Machado, como "en el buen sentido de la palabra, buena".
        Y ahora, andando los años y removiendo papeles, me ha dado por pensar que alguien podría escribir casi exactamente lo mismo sobre mí. Sí, sobre mi, porque sin falsas modestias, y con todos los defectos del mundo, soy esencialmente buena. En el buen sentido de la palabra.
        No he hecho daño a nadie conscientemente. El inconsciente, ya sabéis que anda por su cuenta; he ayudado a la gente que me lo ha pedido, y aún a la que no quería dejarse ayudar, por orgullo, por pudor o porque realmente no lo necesitaba, a pesar del empeño que yo pusiera.
        No he robado ni he matado. No he mentido (salvo por motivos de piedad); no soy avara ni tacaña. Lo mío es de todos (y así me va). He querido y quiero a los que me quieren, y a otros muchos que ni saben que existo.
        En el capítulo de odios-si pueden llamarse así-, sólo hay escritos tres o cuatro nombres, y alguno, con interrogación.
        He trabajado siempre dando el doscientos por cien de mi voluntad y mi entendimiento.
        Y cuando la rabia o los malos pensamientos se han adueñado de mí más de lo que podía controlar, he acudido al papel, o al ordenador, por estar con los tiempos, para descargarla y evitar males mayores.
       En líneas generales, creo que todo esto se encuadra en la definición de buena persona. De alguien, en el buen sentido de la palabra, bueno. Puede que deliberadamente me deje un montón de cosas en el tintero, las malas sobre todo;  que alguien piense que la suma de mis pretendidas bondades no es suficiente para ponerme buena nota. Ahora, cuando ya tenemos más pasado que futuro,  cuando no somos los mismos, ni vemos las cosas con los ojos limpios de entonces, hemos aprendido que vivir era esto.
        Y espero seguir compartiendo mucha vida y muchas  letras con vosotros.

miércoles, 29 de noviembre de 2017

Desde Macondo. LA JAURÍA

El término "manada" me sugiere un grupo de bisontes, de ambos sexos, crías incluidas, pastando apaciblemente en una vasta pradera. O de leones somnolientos espantando moscas con el rabo entre las hierbas amarillas de la sabana.  Hasta un rebaño de ovejas riscando hierba ante la atenta mirada de un pastor. Al fin y al cabo, el diccionario nos cuenta que "manada es un conjunto de animales de una misma especie que andan reunidos".  Sin distinción de sexo ni de edad.
          Por eso me chirría el nombre con el que se definen los presuntos (que el juicio está terminado, pero aún no hay sentencia), violadores en grupo de una chica en Pamplona. Creo que hubiera sido más adecuado rebautizarles como "jauría", que según la Real Academia, y además de "perros que levantan la caza", es el "conjunto de quienes persiguen con saña a una persona".
          Esto me pega más. Es mucho más fácil definir como jauría a un grupo de varones adultos que casi doblan la edad a una chica, y que deciden, sí o sí (que se saltaron la campaña de No es No), montarse una orgia en un portal, con prácticas sexuales variadas, sin preservativo, por supuesto, que eso no sería de machos, y dejándola después tirada y en estado de shock. Después de llevarse su móvil, por si se le ocurría pedir auxilio antes de que ellos estuvieran a una distancia conveniente y celebrando su hazaña.

          Aunque respete la presunción de inocencia, aunque confíe (lo justo) en la Justicia, me cuesta sobremanera anteponer el "presuntos" a los violadores, y el "presunta" a la víctima.  Como mujer, no creo que nadie, tenga los gustos sexuales que tenga, pueda disfrutar de esos momentos con cinco energúmenos borrachos, en el suelo, con frío y con miedo. Nada que ver con "hacer el amor".

          Es imposible, y aunque lo intente, no puedo creerme el relato inicial de los acusados, y de sus abogados, que es peor aún, hablando de relaciones consentidas, aunque luego hayan matizado que el consentimiento no fue explícito". Por no recordar, que me hierve la sangre, eso de la chica después ha seguido haciendo "vida normal". Tal vez si hubiera tomado los hábitos...

          La jauría que se abalanzó contra la chica, y que al parecer ya contaba con experiencia en "hazañas" similares, tiene poco que ver con la imagen de manada en la que conviven tranquilamente unos y otras, y otras, tal vez con sus propias normas y sus jerarquías, pero entre iguales. Sin violencia.

          Todo el mundo ha opinado a lo largo de este mediático juicio. Y hay opiniones casi más repulsivas que el propio presunto delito en sí. Pero sea como sea, ya es tiempo de acabar con los juicios a las víctimas, tan comunes por desgracia en los casos de maltrato o agresiones a las mujeres. No creo que si te atracan tengas que demostrar que no querías darle tu bolso al ladrón, o si te estalla una bomba en un tren, sea tu cometido explicar porqué no estabas en tu casa en lugar de viajando.

          Y por supuesto, si te violan, no tengas que pasar por el calvario de dejar claro que nadie puede pasarlo bien si cae en las fauces de una jauría.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

Desde Macondo. INVASIONES BÁRBARAS

Las declaraciones del delegado del Gobierno en Murcia calificando “la oleada de pateras” que está llegando a la costa murciana como “un ataque coordinado contra nuestra frontera, y por tanto, contra las fronteras de Europa, me ha traído a la memoria de inmediato de inmediato la Historia que estudiaba, cuando se enseñaba historia, y nos contaban las invasiones bárbaras que acaecieron en la decadencia del imperio romano. Los bárbaros llegaban “en sucesivas oleadas”.
        Y yo me imaginaba a los primitivos hispanos contando invasores, viendo como pasaban los suevos, los vándalos y los alanos, entre otros, y se quedaban para complicarles la existencia, obligándoles a cambiar su forma de vida, comiéndose su comida, ocupando su espacio y, en definitiva, obligándoles a salir de su zona de confort y a replantearse muchas cosas.
         Y mira por dónde, andando los siglos, un señor de Murcia nos vuelve a hablar de invasiones, obviando el pequeño detalle de que quienes arriban a las cosas no son fieros soldados armados hasta los dientes, sino  pobres inmigrantes muertos de miedo y de frío. Que no es precisamente la idea que yo tengo de una invasión, y mucho menos de un ataque coordinado.
        Cierto que cientos de inmigrantes están llegando a nuestras playas en las últimas semanas. Van llegando en oleadas, empujados por las guerras, por el hambre, por las urgencias de las mafias, que también tienen sus tiempos, y con el “placet” del cambio climático, que ya no hay que aprovechar el verano, cuando el mar se encuentra más apacible.
        Tal vez, dentro de cincuenta o cien años; saldrá en los libros de texto lo que ahora estamos viviendo. No será fácil, aunque la Historia siempre la escriben los ganadores, contar que, lejos de acoger con los brazos abiertos a quienes huían de la hambruna, del terror, de la destrucción y de la muerte, los pueblos “civilizados” nos blindamos ante los nuevos bárbaros con todo tipo de elementos, desde vallas a concertinas, pasando por muros y repatriaciones.
        No sé cómo se interpretarán las imágenes, que seguro saldrán en los libros, de esas hileras interminables de hombre, mujeres y niños pidiendo socorro desde una frágil barca hinchable, o sus tímidas sonrisas envueltas en una manta roja, ya en tierra, mientras piensan que han llegado al Paraíso.
        Será difícil plasmar en un capítulo, en una lección del libro, las vergonzosas discusiones de los mandatarios de todo el mundo, especialmente de los europeos (porque Trump merece capítulo aparte), empeñados en sus cuotas y en si a ti te tocan tres mil y a mi 7.500.
        La Historia nos juzgará. Mientras tanto, los inmigrantes siguen llegando en oleadas continuas y nosotros seguimos sin saber qué hacer con ellos, más allá de atrincherarnos en nuestro  mundo y de blindar nuestro bienestar, para que no nos lo toque nadie.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

Desde Macondo. RICOS Y CONSIDERADOS

Por conciencia de clase, por las muchas historias que he leído desde chica, en la que los poderosos eran los malvados de turno, que tenían asfixiados a los pobrecitos protagonistas, o por lo que sea, el caso es que siempre he tenido una cierta aversión a los millonarios, tanto a los ricos de cuna como los que, al calor de crisis varias, expolios, deslocalizaciones (con destino Bangladesh, Pakistán o cualquier otro país con mano de obra esclava), a los habitantes de paraísos con papeles o de corrupciones capaces de catapultar al olimpo de los ricos y famosos a cualquier muerto de hambre.
        Millonario ha sido siempre para mí sinónimo de herederos de fortunas familiares conseguidas en el Medievo a golpe de látigo, o de sinvergüenza sin paliativos, que todos conocemos el dicho de que nadie se hace rico trabajando honradamente.
        Y mira por donde me encuentro la "carta de los cuatrocientos". Parece el título de una novela. O de una película. Pero es una carta de verdad. Nada menos que 400 millonarios y, más aún, multimillonarios, han escrito una carta a Trump, el supermegarico presidente de los Estados Unidos, pidiéndole, ojo al dato, que no les baje los impuestos. Como lo estáis leyendo.
         La misiva, suscrita por nombres como George Soros y Steven Rockefeller, de los "rockefeler" que se bañan en oro de toda la vida, considera que la rebaja de impuestos solo favorecerá la desigualdad y aumentará la deuda.  Y dicen más. "Creemos firmemente que la forma de crear más trabajos de calidad y fortalecer la economía no es mediante reducciones de impuestos para los que más tenemos, sino invirtiendo en el pueblo americano" .
        Aún no he podido cerrar la boca después de leerlo. Y eso, que, aunque no sea muy lista, tonta del todo no soy, y mis entendederas me dan para valorar que no lo hacen del todo por mejorar las condiciones de vida de sus compatriotas menos afortunados, sino por asegurarse que siguen siendo millonarios y que lo serán sus deudos en las próximas generaciones.
        Supongo que todos tienen muy presente el principio básico de Henry Ford, otro milloneti ilustre, que pensaba que cualquiera de sus empleados debería ser capaz de comprarse uno de sus coches para que realmente su negocio, basado en la producción en cadena, pudiera funcionar. Vamos, que si ganaban poco y no podían consumir, su empresa se iba al traste.
        Y admitiendo lo poco que tiene de justa y de solidaria tal actitud, me parece bastante mejor que la que están adoptando nuestros ricos patrios, llevándose sus dineros a paraísos fiscales, y sus empresas allí donde pueden comprarse unos centenares de trabajadores por un puñado de dólares, sin inoportunas limitaciones de horarios y jornadas laborales, sin cuotas a la seguridad social de turno, sin permisos por vacaciones ni para ponerse enfermos, y sin los engorrosos convenios colectivos, que sólo hacen dar derechos a quienes, por nacimiento, no los deberían tener.
        Tiene que llegar el momento en que esto explote. La brecha de la desigualdad que señalan los millonarios americanos, ya no es grieta, es una sima profunda que amenaza con engullirnos. No es que ya no podamos comprar el coche que producimos, es que en muchos lugares no se tiene acceso a los productos que se arrancan a la tierra, a la comida más simple, y llegará el día en que no se pueda adquitir ni la camiseta que hayan cosido unas manos deformadas por el frío y las muchas horas de empuñar la aguja.
        Pero mientras nuestros millonarios de cabecera sólo se ocupen en acumular millones, y con el placet de la mayor parte de los Gobiernos del mundo, poco podremos hacer. Salvo reprimir las naúseas cuando se hable del lugar que ocupan nuestros ricos y famosos en la lista Forbes.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

Desde Macondo. TROZOS DE TELA TRISTES

No hemos salido de la guerra de las banderas, mejor dicho, estamos en pleno fragor de la batalla, y ahora entramos en la de las camisetas. Y para no acabar cazando moscas, me agarro a lo que canta Jorge Drexler: “Vale más cualquier quimera que un trozo de tela triste”. Perdonen que no me aliste, bajo ninguna bandera. Y que no pierda ni un segundo discutiendo si la camiseta de la Selección de Fútbol debiera llevar las franjas de tal o cual color, o paralelas, como los marineritos o en diagonal.
         Con la que está cayendo y estamos en estas estupideces, Va a ser verdad eso de que siempre se recuerda algún detalle absurdo de las situaciones más trágicas. La risa de un niño que pasa por la calle en un entierro, un zapato en la cuneta tras un accidente, un cuadro torcido en la pared cuando aguardas nerviosa en la sala de espera de un médico…
        Pero esto ya es el colmo. Semanas y semanas tragándonos horas y horas de imágenes de banderas con o sin estrellas. Catalanas de todos o de los independentistas. De banderas españolas con aguilucho o sin él. En las calles, los balcones, las estaciones de tren, los aeropuertos y hasta en Bruselas. A 5 euros o a 11, según se compren en las tiendas de chinos (que están haciendo el agosto), o en las salidas del metro, que para todo hay que seguir estrategias. En la espalda a modo de capa, en la cintura, con mástil o sin él. Pequeñitas, para que las lleven los niños a hombros de sus padres, que la edad no es obstáculo para entrar en faena, o enormes, que hay que fanfarronear con eso de quien la tiene más grande.
         Y nadie se plantea que, del color o del tamaño que sea, no es más que un trozo de tela triste con el que suplir las palabras, con el que tapar el fracaso, la falta de diálogo y de entendimiento. Con el que marcar diferencias por la incapacidad manifiesta de buscar coincidencias.
        Pero como nos va la marcha, tenemos que ir más allá y buscar otro punto de confrontación. También de tela, curiosamente. Ahora son las camisetas de la selección de fútbol, de las que hemos hecho cuestión de Estado por un quítame allá esos colores. Resulta que la dichosa prenda tiene en un lateral unas franjas de colores que apuntan sospechosamente a la bandera republicana, a la tricolor.
        Para qué queremos más. La furia española se ha desatado y ya veremos si vamos al Mundial. Drama nacional. No vale de nada que la marca deportiva que las ha realizado se esté desgañitando para explicar que el color no es morado, que es un tono de azul que se parece un tanto, pero que en la foto, que es lo único que hemos visto hasta ahora, puede confundirse. Y que el diseño de la dichosa camiseta es un homenaje a la que vistió la selección española en el mundial de 1994. Cuando nadie se planteó ni por asomo asociarla a la República.
        Ya la han bautizado como la camiseta republicana, y no creo equivocarme mucho si al final no la cambian para atajar de raíz la polémica, sobre la que ya se han pronunciado jugadores, directivos, aficionados, público en general…. Y políticos. Que ya es el colmo, entrar a valorar semejante despropósito.
      Lo dicho, que me abochorna ver un país discutiendo por un trozo de tela triste. Vale más hacerlo por cualquier quimera. Y perdonen que no me aliste bajo ninguna bandera. Ni ninguna camiseta. 

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Desde Macondo. COSAS ROSAS

Hartita ya de puigdemontes, de 155, de interminables sesiones de parlamentos y consejos de ministros, de huidas ridículas, y, consciente de lo que se nos viene encima, con campaña electoral aderezada con procesos judiciales varios, he decidido echarme al barro y escribir de cosas de poca importancia, que diría Leon Felipe. Porque me apetece, y porque yo lo valgo.
          Camuflada entre todos los temas “importantes”, he leído la noticia de que Canarias se va a convertir, desde el 1 de enero de 2018, en el primer lugar de España donde  las mujeres dejarán de pagar la denominada ‘tasa rosa’. Para quien no lo sepa, la tasa rosa es un impuesto indirecto por la compra de productos relacionados con la higiene femenina, como por ejemplo compresas y tampones. El impacto en los presupuestos de las islas no es mucho, pero seguro que se nota en los bolsillos, y, sobre todo, en un pasito más hacia la igualdad.
          Que no tiene ninguna lógica que, por la simple condición sexual, una tenga que pagar más. Y ganar menos, pero eso es otra historia.
          El caso es que a cuenta de la buena noticia para las mujeres canarias, me he enterado de la cantidad de productos por los que las féminas pagamos más que los hombres. Y es para indignarse la diferencia de precio que hay, por ejemplo, en un perfume de la misma marca, versión masculina o femenina; o en un corte de pelo, si se realiza a uno u otro sexo, o en las cuchillas de afeitar, que valen casi el doble si el mango es rosa en lugar de azul.
          No sé si esto vendrá de los tiempos de Eva y de la maldición divina, pero digo yo, que ya es tiempo de cambiarlo, que el gravamen con el que nos siguen castigando a las mujeres es tan absurdo y disparatado que debería sonrojarnos a todos los que habitamos este siglo XXI y nos llenamos la boca hablando de igualdad, de equiparación, de planes y más planes que siempre dejan las cosas como están.
          Creo que hay algún estudio, realizado por mujeres, por supuesto, que analizan una detallada lista de productos cotidianos que salen más baratos a los hombres por el hecho de haber nacido varones. Alguien debería divulgarla, ponerla en la puerta de todos los supermercados y en las mesas de todos los ministros de Hacienda 8para que la tengan presente a la hora de fijar los IVA y esas cosas). Que ya está bien lo que está dando de sí la dichosa manzana de Eva, que seguro que ni existió, que fue un invento de un  Adán con complejo de inferioridad para tapar sus vergüenzas y condenarnos por toda la eternidad con todas las artimañas posibles.
          Tasa rosa incluida.